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El planeta había sido sometido correctamente. Los amos de la noche atraparon y desgarraron a los enemigos del imperio y los que no habían caído en el primer ataque ahora eran castigados como ejemplo para los que aún quedaba en pié.
El sonido de la gente pidiendo piedad era molesto para Konrad. No tenía caso que suplicaran, habían cometido un crimen al levantar las armas contra ellos y debían pagar.
Miró a su nave que se encontraba en el cielo del planeta. Se preguntó si Artai habría bajado para buscar sus propias presas. Como primarca era capaz de dominar un planeta el mismo, así como hizo en Nostramo. Pero su compañía siempre era bienvenida, aún con lo poco que le gustaba otras personas.
—Mi señor —habló uno de sus hijos— la misión va según lo previsto, pero aún queda un pequeño grupo rebelde que aún se mantiene firme.
—No por mucho. En cuanto sientan que tienen una oportunidad asomarán sus cabezas y entonces podremos cortarlas —le aseguró el primarca, no había preocupación en su voz, como si unos idealistas con deseos de libertad no fueran más molestos que moscas zumbando en su oreja—. Ahora enfoquense en castigar a los criminales capturados, dejen limpia la superficie de este planeta.
El astarte asintió antes de retirarse a cumplí con las órdenes. Konrad se retiró para volver a su base, dejaría esto a manos de sus hijos por esta vez. Caminó por las calles desoladas, salpicando al pisar los charcos de sangre que su legión dejó a su paso. El humo de edificios incendiado y el polvo que levantado por la caída de edificios obstruían la luz del día. No es aun gran problema, odiaba como la luz quemaba sus ojos hechos para la oscuridad.
—Él podría usarlo a su favor, para ocultarse y cazar...
Su pensamientos habían vuelto a caer en él. No era raro, era su responsabilidad asegurar su bienestar, si la noticia de su existencia llegara a oídos de su padre o hermanos estarían perdido. Konrad y su legión sería borrados y Artai sería purgado.
No lo permitiría. No temía al castigo que caería sobre él. Era inevitable, pero Artai era lo único en su vida que no estaba dispuesto a perder.
Un lamento al fondo del callejón llamó su atención. Se supone que toda la gente de la zona ya había sido tomada como prisioneros, no debía quedar nadie más. Caminó en dirección del sonido que se hacía más fuerte con cada paso hasta terminar frente a la fuente del mismo. Una persona, o lo que quedaba de una.
Su cuerpo había sido torcido de una forma antinatural. Desollado y con su carne y músculos sangrantes expuestos. Parte de sus extremidades fueron cortadas para moldear su cuerpo en una macabra parodia de un corazón, su torso estaba levantado con el pecho abierto, dejando expuesto su corazón. Era un regalo dejado para que él lo encontrara.
Y lo más peculiar de este obsequio era que aún estaba vivo, en gran agonía, pero vivo de todas formas aunque no duraría mucho. —Tómalo... por favor, llévate lo y déjame morir... te lo ruego.
Era la primera vez que alguien le suplicaba que termine con su vida. Una sonrisa sombría se formó en su rostro. Los drukhari realmente eran unos maestros de la tortura. Tomó el corazón de lo que quedaba del hombre con fuerza. Su cara se torció en una mueca de dolor mientras tiraba el órgano fuera de su pecho. Sus gemidos ahora se convirtieron en gritos agónicos hasta que con último tirón lo arrancó de su pecho.
Se quitó el casco y acercó el corazón a su boca, para morderlo como si de una manzana de carne se tratara. Pero el impacto de una bala contra su nuca lo hizo voltear enfurecido y vio a un francotirador el el techo de un edificio, su rostro lleno de horror al ver como había sobrevivido a un disparo así.
—Finalmente asomaron sus cabezas para ser cortadas... —dijo en un susurró bajo antes de correr en su dirección y subir trepando por los muros del edificio.
Artai limpiaba una de sus dagas con su pañuelo. Había tenido una cacería muy productiva esta vez, incluso tomó algunos prisioneros para él. Aunque apreciaría que los hijos de Konrad le dejaran algo a él durante las conquistas, por órdenes del primarca tenía que salir al último para evitar ser descubierto, pero no estaría de mal que al menos le dejaran algunos monkais para él una vez que saliera en lugar de solo dejarle cadáveres.
—Podría hablarlo con él una vez que regrese.
La puerta se abrió y Konrad entró tropezando a la habitación antes de dejarse caer en la cama. Ya no llevaba su armadura, solo una capa negra que cubría su cuerpo.
Un gemido cansado fue amortiguado por las mantas mientras Konrad rascaba su nuca.
Artai mejor discutirá más tarde el tema de los modales de sus hijos con él, ahora parecía molesto. —¿Otra vez cruzaron la línea?
—Me pegaron un jodido tiro en la nuca.
El drukhari se recostó a su lado en la cama e hizo a un lado el cabello azabache para ver una herida ya cerrada por donde habría entrado la bala. —Oh, pobre de ti, ¿sigue atorada ahí?
—Si, no tuve tiempo de sacarla. No duele, pero es tan molesto que quiero arrancarme ese trozo.
—No se diga más, permíteme ayudarte —le dijo al besar la herida que tantas molestias le causaba a su Konrad.
Acercó sus dedos con uñas afiladas y después de presionar un poco atravesó la costra. Konrad contuvo su quejido, eso decepcionó un poco a Artai, que amaba todos los sonidos que salían de la boca de Konrad.
Siguió abriendo la carne hasta que la punta de sus dedos tocaron algo algo solido. —Oh, lo tengo. —De un tirón arrancó la bala antes de que la carne volviera a sanar una vez más y esta vez Konrad no puedo retener el sonido de placer al sentir el plomo fuera de su carne.
Cuando la herida se cerró Konrad se masajeó la nuca. —Ese infeliz. Ni siquiera me dejó disfrutar de tu obsequio.
—Oh, entonces si lo encontraste —comentó con fingido desinterés como si no se hubiera tomado las molestias en dejarlo vivo para asegurar que Konrad recibiera su regalo.
El primarca lo jaló para acercarlo más a él. —No actúes como si no te importará. Te esforzaste mucho en dejarme un detalle como ese en medio de una conquista. Parece que aún tienes una neurona romántica en ese cerebro degenerado.
La sonrisa de dientes afilados de Konrad hizo estremecer a Artai de la emoción. —¿Cuándo no he sido romántico? Si soy todo un galán.
—¿Pedirme que revivamos nuestro primer encuentro en el calabozo de tortura es romántico para ti? —preguntó con sarcasmo.
—Nos es por nada Konrad, pero lo que me hiciste ahí haría sonrojar al drukhari más experimentado.
Con una sonrisa coqueta unió sus labios con los del primarca. La electricidad del deseo de Artai por él era una sensación adictiva. Podría besar sus labios, morder su piel y reclamar su cuerpo por la eternidad y aún así desearlo más y más. Nunca podría tener suficiente de él.
La intensidad de sus sentimientos por Konrad es la única sensación en el mundo que no podría aburrirlo. La pasión de la que podría alimentarse toda una vida y todavía querer más.
Tal vez eso es lo que los monkai describen con la palabra "amor".
