Orhan miró a Fulgrim tirado boca abajo sobre la cama. Ambos habían sido asignados a anexar un sistema solar al imperio lo que les permitió pasar más tiempo juntos, aunque eso no salió como Orhan había esperado.
—Entonces... —la voz del primarca era suave, queriendo evitar alterar más a su hermano— ¿quieres hablar sobre eso?
Fulgrim volteó a verlo con una expresión deprimente, todo lo contrario a la seguridad y el buen humor que siempre mostraba en público. —No lo entiendo Orhan, de verdad estoy feliz de que Ferrus ahora sea tan feliz en su relación, pero aún es como si su felicidad me hiciera a mi infeliz, ¿eso tiene sentido siquiera?
Su hermano lo miró y sintió cierta ironía por como se habían invertido los papeles en su relación con Fulgrim. —Es más normal de lo que crees. Por más que uno deseé la felicidad de la persona que ama el egoísmo siempre está ahí, haciéndonos sentir mal porque esa misma felicidad no la pudo encontrar con nosotros. Es como si no fuéramos suficiente para esa persona.
—Hace un siglo que no me sentía así —le confesó—. Lo que dices es bastante acertado sobre como me siento, ¿alguna vez pasaste por algo parecido?
Orhan se preguntó si quería contestar a su pregunta, pero viendo como Fulgrim se estaba mostrando frente a él de manera tan vulnerable no pudo negarse. —Si, fue hace varias décadas, pero aún recuerdo la impotencia y desolación que sentía cada que le veía al lado de la persona que se había robado su corazón.
—¿Y como lo superaste?
Se encogió de hombros —supongo que aprendí a aceptar que así como esa persona encontró su felicidad en otro lugar yo también podía hacerlo, aunque todavía le quiero me siento feliz por haber seguido adelante.
Fulgrim sonrió al escuchar el optimismo de su hermano. —Ahora tienes una linda esposa. Harika es definitivamente una chica con suerte.
—Bien sabes que nuestro matrimonio es solo por las costumbres de Zilant —le recordó enseguida—, aunque igualmente la veo como una gran amiga y consejera. No me puedo imaginar luchando en la cruzada sin ella a mi lado.
—Aún si es solo una amistad sigue siendo algo hermoso —se dio la vuelta para mirar el techo de la habitación—. Desearía encontrar la misma fuerza que tu para seguir adelante aún con esta pena en mi pecho...
—Lo harás, yo lo sé —Orhan tomó la suave mano de su hermano en señal de apoyo—, solo date tiempo, te conozco y se que te levantarás y brillarás hermosamente después, tal y como el mítico fénix.
Fulgrim lo miró a los ojos y al ver la seguridad y sinceridad en ellos no pudo evitar sonreír. —Gracias Orhan... Por todo...
Más tarde tendrían que terminar la misión que se les había encomendado, pero por ahora querían disfrutar de ese momento tan personal y cómodo entre ellos, solo un poco más.
El planeta había sido sometido correctamente. Los amos de la noche atraparon y desgarraron a los enemigos del imperio y los que no habían caído en el primer ataque ahora eran castigados como ejemplo para los que aún quedaba en pié.
El sonido de la gente pidiendo piedad era molesto para Konrad. No tenía caso que suplicaran, habían cometido un crimen al levantar las armas contra ellos y debían pagar.
Miró a su nave que se encontraba en el cielo del planeta. Se preguntó si Artai habría bajado para buscar sus propias presas. Como primarca era capaz de dominar un planeta el mismo, así como hizo en Nostramo. Pero su compañía siempre era bienvenida, aún con lo poco que le gustaba otras personas.
—Mi señor —habló uno de sus hijos— la misión va según lo previsto, pero aún queda un pequeño grupo rebelde que aún se mantiene firme.
—No por mucho. En cuanto sientan que tienen una oportunidad asomarán sus cabezas y entonces podremos cortarlas —le aseguró el primarca, no había preocupación en su voz, como si unos idealistas con deseos de libertad no fueran más molestos que moscas zumbando en su oreja—. Ahora enfoquense en castigar a los criminales capturados, dejen limpia la superficie de este planeta.
El astarte asintió antes de retirarse a cumplí con las órdenes. Konrad se retiró para volver a su base, dejaría esto a manos de sus hijos por esta vez. Caminó por las calles desoladas, salpicando al pisar los charcos de sangre que su legión dejó a su paso. El humo de edificios incendiado y el polvo que levantado por la caída de edificios obstruían la luz del día. No es aun gran problema, odiaba como la luz quemaba sus ojos hechos para la oscuridad.
—Él podría usarlo a su favor, para ocultarse y cazar...
Su pensamientos habían vuelto a caer en él. No era raro, era su responsabilidad asegurar su bienestar, si la noticia de su existencia llegara a oídos de su padre o hermanos estarían perdido. Konrad y su legión sería borrados y Artai sería purgado.
No lo permitiría. No temía al castigo que caería sobre él. Era inevitable, pero Artai era lo único en su vida que no estaba dispuesto a perder.
Un lamento al fondo del callejón llamó su atención. Se supone que toda la gente de la zona ya había sido tomada como prisioneros, no debía quedar nadie más. Caminó en dirección del sonido que se hacía más fuerte con cada paso hasta terminar frente a la fuente del mismo. Una persona, o lo que quedaba de una.
Su cuerpo había sido torcido de una forma antinatural. Desollado y con su carne y músculos sangrantes expuestos. Parte de sus extremidades fueron cortadas para moldear su cuerpo en una macabra parodia de un corazón, su torso estaba levantado con el pecho abierto, dejando expuesto su corazón. Era un regalo dejado para que él lo encontrara.
Y lo más peculiar de este obsequio era que aún estaba vivo, en gran agonía, pero vivo de todas formas aunque no duraría mucho. —Tómalo... por favor, llévate lo y déjame morir... te lo ruego.
Era la primera vez que alguien le suplicaba que termine con su vida. Una sonrisa sombría se formó en su rostro. Los drukhari realmente eran unos maestros de la tortura. Tomó el corazón de lo que quedaba del hombre con fuerza. Su cara se torció en una mueca de dolor mientras tiraba el órgano fuera de su pecho. Sus gemidos ahora se convirtieron en gritos agónicos hasta que con último tirón lo arrancó de su pecho.
Se quitó el casco y acercó el corazón a su boca, para morderlo como si de una manzana de carne se tratara. Pero el impacto de una bala contra su nuca lo hizo voltear enfurecido y vio a un francotirador el el techo de un edificio, su rostro lleno de horror al ver como había sobrevivido a un disparo así.
—Finalmente asomaron sus cabezas para ser cortadas... —dijo en un susurró bajo antes de correr en su dirección y subir trepando por los muros del edificio.
Artai limpiaba una de sus dagas con su pañuelo. Había tenido una cacería muy productiva esta vez, incluso tomó algunos prisioneros para él. Aunque apreciaría que los hijos de Konrad le dejaran algo a él durante las conquistas, por órdenes del primarca tenía que salir al último para evitar ser descubierto, pero no estaría de mal que al menos le dejaran algunos monkais para él una vez que saliera en lugar de solo dejarle cadáveres.
—Podría hablarlo con él una vez que regrese.
La puerta se abrió y Konrad entró tropezando a la habitación antes de dejarse caer en la cama. Ya no llevaba su armadura, solo una capa negra que cubría su cuerpo.
Un gemido cansado fue amortiguado por las mantas mientras Konrad rascaba su nuca.
Artai mejor discutirá más tarde el tema de los modales de sus hijos con él, ahora parecía molesto. —¿Otra vez cruzaron la línea?
—Me pegaron un jodido tiro en la nuca.
El drukhari se recostó a su lado en la cama e hizo a un lado el cabello azabache para ver una herida ya cerrada por donde habría entrado la bala. —Oh, pobre de ti, ¿sigue atorada ahí?
—Si, no tuve tiempo de sacarla. No duele, pero es tan molesto que quiero arrancarme ese trozo.
—No se diga más, permíteme ayudarte —le dijo al besar la herida que tantas molestias le causaba a su Konrad.
Acercó sus dedos con uñas afiladas y después de presionar un poco atravesó la costra. Konrad contuvo su quejido, eso decepcionó un poco a Artai, que amaba todos los sonidos que salían de la boca de Konrad.
Siguió abriendo la carne hasta que la punta de sus dedos tocaron algo algo solido. —Oh, lo tengo. —De un tirón arrancó la bala antes de que la carne volviera a sanar una vez más y esta vez Konrad no puedo retener el sonido de placer al sentir el plomo fuera de su carne.
Cuando la herida se cerró Konrad se masajeó la nuca. —Ese infeliz. Ni siquiera me dejó disfrutar de tu obsequio.
—Oh, entonces si lo encontraste —comentó con fingido desinterés como si no se hubiera tomado las molestias en dejarlo vivo para asegurar que Konrad recibiera su regalo.
El primarca lo jaló para acercarlo más a él. —No actúes como si no te importará. Te esforzaste mucho en dejarme un detalle como ese en medio de una conquista. Parece que aún tienes una neurona romántica en ese cerebro degenerado.
La sonrisa de dientes afilados de Konrad hizo estremecer a Artai de la emoción. —¿Cuándo no he sido romántico? Si soy todo un galán.
—¿Pedirme que revivamos nuestro primer encuentro en el calabozo de tortura es romántico para ti? —preguntó con sarcasmo.
—Nos es por nada Konrad, pero lo que me hiciste ahí haría sonrojar al drukhari más experimentado.
Con una sonrisa coqueta unió sus labios con los del primarca. La electricidad del deseo de Artai por él era una sensación adictiva. Podría besar sus labios, morder su piel y reclamar su cuerpo por la eternidad y aún así desearlo más y más. Nunca podría tener suficiente de él.
La intensidad de sus sentimientos por Konrad es la única sensación en el mundo que no podría aburrirlo. La pasión de la que podría alimentarse toda una vida y todavía querer más.
Tal vez eso es lo que los monkai describen con la palabra "amor".
El ruido metálico de las cadenas al ser tiradas era familiar para Artai, que miraba al gigante encadenado y arrodillado frente a él que solo estaba cubierto con un taparrabos de piel. Dio un paso al frente y eso hizo que su prisionero se agitara e intentara abalanzarse sobre él, lo que fue inútil pues seguía encadenado a la pared.
Donde muchos otros ya hubieran sido tirados al suelo por el miedo el eldar se sintió emocionado, podía sentir las emociones del hombre de cabellos grasosos como si fueran un dulce que se derrite en su boca. Era fascinante, las emociones humanas nunca fueron el platillo principal de su especie pero eran los más accesibles. Pero los primarcas aún con su apariencia similar a la de los mon-keigh eran mucho más que cualquiera de ellos, esta situación era algo único, el constante peligro de ser desgarrado valía la pena.
—Konrad Curze, el primarca de la octava legión. Que vista tan maravillosa el tenerte aquí solo para mí —relamió sus labios con ansias, mientras se agachaba para tocar su rostro— no me mires así, tú y yo sabemos que haz hecho cosas como estas antes pero con resultados con un dolor más inmediato, es casi admirable para los estándares de mi gente.
De no ser porque el primarca tenía un bozal en su boca lo más probable es que estuviera lanzando amenazas e insultos al xeno de piel morena, era parte de su encanto natural. Artai aún así se acercó y lo envolvió en un abrazo, ignorando el hedor acedo y rancio lo envolvía, como el de un cadáver que se ha estado pudriendo en un cuarto sin ventanas.
Sus manos se movían por el delgado cuerpo de Konrad, que se retorcía en un inútil intento de librarse de su tacto. Pero eso solo lo incentivó a continuar, acariciando y grabando en su memoria cada relieve en su piel por sus cicatrices y la sensación de sus huesos que eran tan notorios por su enfermiza delgadez.
Artai lamió la piel de su cuello y hombros y degusto su sabor salado. —Realmente no tienes nada que envidiar a tus hermanos, eres preciosos, Konrad, eres todo lo que alguna vez soñé.
Sin pensarlo dos veces encajó sus colmillos en su carne, atravesando la piel del primarca, que gemía y de dolor tras el bozal. La sangre comenzó a fluir por la herida, Artai no dudó en soltarlo para beberla y lamerla, no iba a dejar que se desperdiciara ni una sola gota.
Konrad se retorcía y tiraba con cada vez más fuerza de sus cadenas, hasta que unas grietas se formaron en la parte que las unía a la pared.
El drukhari se limpió la boca y lo miró con una sonrisa satisfecha. —Eres algo único, Konrad, tu frustración, enojo, dolor y humillación son lo más embriagante que e probado en mi larga vida -puso sus manos sobre su pecho y acarició libremente su cuerpo mientras se acercaba a su oreja y susurró con picardía—. Eso sin mencionar tu excitación.
Con descaro metió su mano debajo de la piel que colgaba atado a su cadera. Ese fue el punto de ruptura para Konrad, que con un fuerte tirón arrancó las cadenas de la pared, derribando a su captor y tirándolo al suelo, quedando el encima mirándolo con odio en sus ojos negro como el espacio vacío.
Artai se quedó quieto mirándolo con sorpresa, pero luego su rostro se convirtió en una mueca de decepción. —Vaya forma de matar el momento.
Konrad se quitó el bozal con facilidad con su mano aún atada a la cadena rota. —Dijiste que te gustaba cuando tu "presa" luchaba por liberarse.
—Si, pero también me gusta llegar a lo físico, ni siquiera me diste tiempo a darte otra mordida —exclamo frustrado mientras veía como la marca de sus colmillos ya había cicatrizado completamente.
—Owww ¿herí tus sentimientos? —le respondió con un tono burlón.
—Oh claro, búrlate de mis gustos, pero ni creas que la siguiente vez seré yo el encadenado, ese volverás a ser tú.
Konrad jugaba con uno de los mechones morados de su amado. —Eres un niño mimado, pero si logras someterme de verdad dejaré que hagas lo que desees conmigo.
El primarca besó el pecho descubierto de Artai y sintió como lo recorrió un escalofrío debajo de él. Su raza podría ser enemiga de la humanidad y merecía todo su odio, pero Artai era una excepción. El ya no mantenía relación con los drukharis, pues ahora era solo suyo.