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El sótano era oscuro, más no silencioso. Los sonidos de llantos, rezos desordenados y el movimiento de cadenas.
No sabía cuanto tiempo llevaba aquí, había llegado al hotel con unos amigos del trabajo para pasar el verano. Diversión en la playa, noches movidas y fotos para sus redes, pero en cambio había sido secuestrado y enjaulado. Llevaba tanto tiempo ahí qué su cabello, antes bien cortado, ahora caía por debajo de sus hombros.
Aún así, el fondo, quería pensar que no había pasado demasiado tiempo, porque entonces ya habrían hecho una búsqueda por su paradero y hubieran dado con él ¿no? Ya lo habrían sacado de ese pozo donde solo lo alimentaba con un extraño liquido morado viscoso.
El sonido de unos pasos de tacón hicieron enmudecer al resto de pobres diablos enjaulados. Pero el tintineo metálico de sus cadenas seguía sonando.
Ella venía.
Una luz se encendió en el centro de la habitación, lo suficiente para iluminar indirectamente sus jaulas. Y debajo de esta estaba una mujer. De cabello azabache qué caía como una cascada oscura hasta llegar por debajo de sus pantorrillas qué contrasta a con la palidez de su piel, cómo si nunca se hubiera parado bajo el sol. Llevaba una falda corta roja con encaje, a juego con su chaqueta bordada qué traía encima de una pomposa blusa blanca, acompañada de unas hombreras doradas. El sonido qué hacían sus botas altas hasta muslo mientras caminaba debajo de la lámpara, cómo si pensara en cual de ellos iba a experimentar hoy les ponía los bellos de punta.
Sus ojos violetas se movían entre los prisionero, sus sujetos de prueba. Hasta enfocarse en un hombre de aspecto cansado qué estaba a su derecha.
Caminó sin prisa hacia él, sacando una llave de su bolsillo. El candado se abrió con un pesado "click" y entró a la jaula, donde el pobre hombre lo miraba con terror.
—¿Te has tomado todas las cápsulas qué te he dado?
El señor no pudo hacer más que asentir, temiendo hacerla enojar si se tardaba con su respuesta.
La mujer no reaccionó ante su efusiva confirmación. Solo estiró sus manos hacia su cabeza y comenzó a inspeccionar su cabello con paciencia. Todos se quedaron fríos, pues sabían lo que eso significaba, ella estaba buscando resultados positivos.
Sus dedos se movieron casi de forma automática, pues ella ya había hecho esto de manera repetida muchas veces, con todos los que ahora estaban en ese sótano y los que habían estado antes que ellos. Pero se detuvo de golpe, cómo si hubiera encontrado una mancha en un vestido totalmente blanco.
—Una cana...
El hombre en sus manos se tenso. Levantó la cara comenzando a suplicar, rogaba por clemencia, afirmaba qué aún podía serle útil.
Pero eso no pareció conmoverla. En cambio bajo sus manos hasta sus mejillas, con sus pulgares acariciando suavemente su rostro.
Antes de subirlos y presionarlos contra su ojos.
El grito del hombre fue desgarrador. Las personas en las jaulas continuas a las suyas se taparon los oídos y bajaron la miradas mientras lloraban del miedo. Pero por su parte no podía dejar de mirar. Vio como el rostro de la mujer se torcía con ira mientras presionaba más y más hasta que vio la sangre salpicar de los ojos reventados de su victima.
—¡Otro fracasó! —gritó ella. En cuanto soltó al hombre que se tiró al suelo, sujetando su rostro entre gritos de dolor—. ¡Otra perdida de tiempo!
Miró con horror como la mujer levantaba su pierna antes de estamparla con fuerza contra el cráneo de su experimento fallido. El crujido del cráneo le revolvió el estómago. Pero no se detuvo ahí, siguió pisándolo, una y otra vez, maldiciendo, gritando cegada por la Ira y frustración.
Él sonido húmedo de la carne aplastada comenzó a sonar más que la del hueso del cráneo crujiendo, pues su fuerza había sido suficiente para atravesarlo, dejándole vía libre hacia el blando cerebro, que ahora salpicada pequeños trozos gelatinosos de él por la habitación.
Cuando su enojo disminuyó sus pisotones perdieron fuerza, hasta quedar quieta encima de la maza roja y cálida de lo que alguna vez fue la cabeza de un humano.
Él silencio se apoderó del lugar. Ni siquiera las cadenas se movieron. Todos estaban demasiado asustados para siquiera dejar qué sus pechos se movieran al respirar.
La mujer no los miró, solo se retiró en silencio, soltando murmullos qué sonaban a "tengo que buscar más libros" o "tiene que funcionar en ella".
Solo cuando él sonido de una puerta azotar se hizo eco en el sótano pudieron volver a respirar.
Su estómago ya no lo soportó más y acabó vomitando en su jaula, sacando únicamente una masa morada qué se veía casi igual a cuando le obligaron a beberla, siendo este su único alimento. Las lágrimas cayeron por sus mejillas. No sabía cuando más iba a soportar aquí hasta perder la cabeza.
Hasta que fuera su turno de perder la vida a manos de esa mujer.
