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El ruido metálico de las cadenas al ser tiradas era familiar para Artai, que miraba al gigante encadenado y arrodillado frente a él que solo estaba cubierto con un taparrabos de piel. Dio un paso al frente y eso hizo que su prisionero se agitara e intentara abalanzarse sobre él, lo que fue inútil pues seguía encadenado a la pared.
Donde muchos otros ya hubieran sido tirados al suelo por el miedo el eldar se sintió emocionado, podía sentir las emociones del hombre de cabellos grasosos como si fueran un dulce que se derrite en su boca. Era fascinante, las emociones humanas nunca fueron el platillo principal de su especie pero eran los más accesibles. Pero los primarcas aún con su apariencia similar a la de los mon-keigh eran mucho más que cualquiera de ellos, esta situación era algo único, el constante peligro de ser desgarrado valía la pena.
—Konrad Curze, el primarca de la octava legión. Que vista tan maravillosa el tenerte aquí solo para mí —relamió sus labios con ansias, mientras se agachaba para tocar su rostro— no me mires así, tú y yo sabemos que haz hecho cosas como estas antes pero con resultados con un dolor más inmediato, es casi admirable para los estándares de mi gente.
De no ser porque el primarca tenía un bozal en su boca lo más probable es que estuviera lanzando amenazas e insultos al xeno de piel morena, era parte de su encanto natural. Artai aún así se acercó y lo envolvió en un abrazo, ignorando el hedor acedo y rancio lo envolvía, como el de un cadáver que se ha estado pudriendo en un cuarto sin ventanas.
Sus manos se movían por el delgado cuerpo de Konrad, que se retorcía en un inútil intento de librarse de su tacto. Pero eso solo lo incentivó a continuar, acariciando y grabando en su memoria cada relieve en su piel por sus cicatrices y la sensación de sus huesos que eran tan notorios por su enfermiza delgadez.
Artai lamió la piel de su cuello y hombros y degusto su sabor salado. —Realmente no tienes nada que envidiar a tus hermanos, eres preciosos, Konrad, eres todo lo que alguna vez soñé.
Sin pensarlo dos veces encajó sus colmillos en su carne, atravesando la piel del primarca, que gemía y de dolor tras el bozal. La sangre comenzó a fluir por la herida, Artai no dudó en soltarlo para beberla y lamerla, no iba a dejar que se desperdiciara ni una sola gota.
Konrad se retorcía y tiraba con cada vez más fuerza de sus cadenas, hasta que unas grietas se formaron en la parte que las unía a la pared.
El drukhari se limpió la boca y lo miró con una sonrisa satisfecha. —Eres algo único, Konrad, tu frustración, enojo, dolor y humillación son lo más embriagante que e probado en mi larga vida -puso sus manos sobre su pecho y acarició libremente su cuerpo mientras se acercaba a su oreja y susurró con picardía—. Eso sin mencionar tu excitación.
Con descaro metió su mano debajo de la piel que colgaba atado a su cadera. Ese fue el punto de ruptura para Konrad, que con un fuerte tirón arrancó las cadenas de la pared, derribando a su captor y tirándolo al suelo, quedando el encima mirándolo con odio en sus ojos negro como el espacio vacío.
Artai se quedó quieto mirándolo con sorpresa, pero luego su rostro se convirtió en una mueca de decepción. —Vaya forma de matar el momento.
Konrad se quitó el bozal con facilidad con su mano aún atada a la cadena rota. —Dijiste que te gustaba cuando tu "presa" luchaba por liberarse.
—Si, pero también me gusta llegar a lo físico, ni siquiera me diste tiempo a darte otra mordida —exclamo frustrado mientras veía como la marca de sus colmillos ya había cicatrizado completamente.
—Owww ¿herí tus sentimientos? —le respondió con un tono burlón.
—Oh claro, búrlate de mis gustos, pero ni creas que la siguiente vez seré yo el encadenado, ese volverás a ser tú.
Konrad jugaba con uno de los mechones morados de su amado. —Eres un niño mimado, pero si logras someterme de verdad dejaré que hagas lo que desees conmigo.
El primarca besó el pecho descubierto de Artai y sintió como lo recorrió un escalofrío debajo de él. Su raza podría ser enemiga de la humanidad y merecía todo su odio, pero Artai era una excepción. El ya no mantenía relación con los drukharis, pues ahora era solo suyo.
