El calor de la forja era intenso, muchos dioses se veían abrumados al entrar y alzaban sus ropas para no ensuciarse con las cenizas.
Pero Afrodita amaba ese lugar.
Alzó el brazo y luego golpeó el metal al rojo vivo, dándole forma a una flecha dorada.
—Dime, Hefesto, ¿haz visto antes un trabajo tan perfecto?
El dios de los artesanos la abrazó por la espalda, mirando el trabajo de su esposa. —No, querida. Solo unas manos como las tuyas, tan hábiles como hermosas, podrían crear algo tan bello.
La sonrisa de la diosa fue más brillante que las propias flechas.